José A. Bargues: “Como sociedad hemos fallado porque nadie nace delincuente”

José Antonio Bargues fundó en 1972 “Casal de la Pau”, un proyecto que nació para ayudar y dar una vivienda a exreclusos que hoy, más de cuarenta años después, sigue manteniendo la filosofía con la que se creó: convertirse en una familia para estas personas que, al salir de prisión, carecen de recursos y oportunidadesAnualmente atienden a unas 400 personas, con edades comprendidas entre los 19 y los 70 años, gracias al trabajo desinteresado de sus voluntarios y de un grupo de profesionales que trabaja para mejorar su calidad de vida, su estado de salud e incrementar sus posibilidades de reinserción social. Toda esta labor fue reconocida por la Generalitat en 2014 cuando le otorgó la Distinción del 9 d’Octubre.Rosa Laparra, gerente de la Fundación Divina Pastora, entrevista a José Antonio Bargues, presidente del Casal de la Pau, sobre el presente y el futuro de esta asociación.Rosa Laparra: ¿Qué labor realiza el Casal de la Pau?  José A. Bargues: El Casal es, por encima de todo, una asociación de acompañamiento solidario en la que se le ofrece al otro el tiempo y la palabra hecha comprensión y en la que todos aquellos que quieran pueden participar. Rosa Laparra: ¿Cómo y cuándo surgió? José A. Bargues: Fue de una forma espontánea. Yo trabajé durante un año en un reformatorio y allí me di cuenta de que había unos niños que cuando cumplieran los 16 años seguramente acabarían en prisión. ¿Dónde acudiría esta gente cuando saliera? ¿Dónde iban a vivir? Decidimos, con el respaldo de la parroquia San Eugenio de la Avenida del Cid de Valencia, tener un piso donde pudiéramos implicarnos todos. No teníamos profesionales ni nada, solo la parte humana. Lo hicimos como si fuera una familia, fue algo muy personal. Se incorporaron personas dispuestas a pensar, diseñar e implicarse en el proyecto entre las que había psiquiatras, psicólogos, juristas, educadores, etc. Ese fue el inicio, creo que si el Casal de la Pau no existiera, habría que inventarlo. Rosa Laparra: ¿Y después? José A. Bargues:  Pasados dos años, los vecinos, por un incidente, forzaron nuestra marcha de allí y tuvimos que pensar en un cambio de ubicación. Aprendimos que para integrar hacen falta personas que acepten el reto y el riesgo incluso de un cierto desorden en función de un bien mayor. Nuestro trabajo no tenía que ser solo sobre las personas que nos pedían ayuda sino sobre la sociedad. Nos fuimos a Nazaret, a una casa de campo (le llamábamos el chalet) y aumentamos la capacidad de acogida y, en consecuencia, la necesaria estructura. Tuvimos que hacer frente a la realidad que supone que una parte de aquellos que acogimos cuando tenían 16, 17 o 18 años seguían a los cuarenta entrando y saliendo de la cárcel. Nuestra percepción de la realidad nos hizo comprender que hay un tipo de marginación muy persistente, y decidimos seguir estando al lado de esas personas y acompañarles en sus intentos arriesgados y comprenderles. Nos instalamos en el centro de Valencia, en la calle En Llopis que es donde ahora nos encontramos. Rosa Laparra: ¿Es difícil la convivencia en el Casal de la Pau? José A. Bargues: El Casal de la Pau acoge, ahora como antes, personas que han padecido o padecen penas de cárcel pero que además en la mayoría de los casos están enfermos. Queremos estar a su lado pero a veces no sabemos cómo hacerlo de la mejor manera posible. Aceptar la realidad y las realidades personales por complejas que sean es un punto de partida básico en el que el Casal de la Pau quiere situarse.  Es más fácil hacer una proclama de incondicionalidad que aguantar y dar la respuesta adecuada a los comportamientos difíciles que se producen con frecuencia y que en ocasiones convierten nuestra casa en una especie de olla a presión a punto de estallar. Cuando eso ocurre se presenta la tentación de intentar salvar la convivencia con decisiones radicales…y buscar salidas. En circunstancias así nos atrevemos a decirles que la calle y la ciudad entera son también Casal de la Pau y les proponemos otras alternativas sostenidas por la administración o por otras asociaciones o programas de tratamiento de drogodependencia, etc. Rosa Laparra: ¿Cuántas personas estaban trabajando entonces y cuántas trabajan ahora aproximadamente? José A. Bargues: Al principio el piso tenía capacidad para ocho personas que estaban atendidas por voluntarios. Teníamos a la parroquia detrás y por eso el proyecto avanzó. Hay mucha gente que empezó con nosotros y todavía sigue colaborando. Ahora trabajan muchos más. Tenemos unos 80 voluntarios activos que colaboran con diferentes áreas de trabajo y nueve profesionales. Existe una estructura formal porque una de las características del Casal es que nos hemos ido adaptando a las nuevas necesidades. Rosa Laparra: ¿Qué perfil tiene vuestro voluntariado? José A. Bargues: Actualmente es un voluntariado muy mayor y uno de los objetivos que nos planteamos es rejuvenecerlo. La ventaja que tenemos es que tienen mucho tiempo, mucha experiencia y mucho cariño que dar. Esas personas se convierten en las abuelas y abuelos y ese vínculo es muy importante porque las personas que están en ese proceso saben que hay alguien que se preocupa las 24 horas del día por ellos. Son sus mentores y su figura de referencia. Obviamente, la gente joven también es importante, así que nuestra intención es llegar a un 50-50. Rosa Laparra: ¿Qué le gustaría transmitir a las personas de la Comunidad Valenciana para sensibilizarles y que conocieran la labor que hacéis? José A. Bargues: Tenemos que intentar que la sociedad no responsabilice de todo a estas personas que han estado en la cárcel, sino que hay que ver qué podemos hacer de forma positiva. Muchas personas simplemente están en la cárcel por ser pobres, por carecer de recursos y de oportunidades en la vida. La cárcel nos resulta un aparcadero de personas que, aunque en teoría dice que tiene el objetivo último de rehabilitar y de preparar a la persona para volver a la sociedad, no es así, principalmente por falta de recursos. Realmente la cárcel no prepara para la vida. Es frecuente fomentar el temor al delincuente y en muchos casos cargarlos de años de cárcel destructora que le convertirá para siempre en un apestado.  En el Casal de la Pau decimos que las cárceles son nuestras cárceles y los presos son nuestros presos. Rosa Laparra: ¿Se necesitarían muchas más plazas dentro del Casal de la Pau para atender las necesidades reales hablando de este tipo de personas que están en la cárcel? José A. Bargues: Sí, los recursos siempre son más escasos que las necesidades. A nosotros nos llega gente de toda España, de todas las cárceles. La casa la tenemos ahora mismo llena. El problema viene, sobre todo, cuando hablamos de personas con problemas de salud mental. Esos procesos tan largos no los puede asumir todo el mundo y esa es una de las características que diferencian al Casal y parte de la idea primera de la incondicionalidad y el acompañamiento.El Casal está disponible las 24 horas del día, los 365 días del año y eso es posible porque hay muchas personas e instituciones como la Fundación Divina Pastora que colaboran. Rosa Laparra: ¿Qué cree que se podría hacer en relación a estas personas antes de salir de la cárcel y que no se está haciendo? José A. Bargues: Hay una labor importante de sensibilización a la sociedad porque lo que se desconoce da miedo. Nosotros no juzgamos, entendemos que la persona que llega al Casal ha cumplido su condena y a partir de ahí empezamos a trabajar desde la confianza. Dentro de la cárcel, habría que cambiar muchas cosas. No se fomenta la autonomía ni la capacidad de cada uno y muchas veces roza la dignidad de la persona. Se debería abrir más las puertas para que la gente conociera la realidad. Cuando vas cubriendo las necesidades sociales, sanitarias, efectivas… ves cómo la gente responde. Nuestro principal caballo de batalla es poder ofrecerles un trabajo porque si esas personas pudieran trabajar y valerse por sí mismas ya no tendrían necesidad de delinquir. Rosa Laparra: ¿Cómo ve el futuro del proyectoJosé A. Bargues: Somos optimistas. Tenemos una experiencia que se podría y se debería multiplicar. El Casal de la Pau piensa que todo el mundo es salvable. Las necesidades no cambian, pero sí que vas viendo pequeños avances. Estas personas ven en el Casal una motivación para seguir luchando cada día y para mejorar su vida. Seremos capaces de seguir adaptándonos a las necesidades que vayan surgiendo.

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